Proyecto hotelero en Éxito o antiguo almacén Vivero en el barrio de San Diego… (15/08/2’026)
Proyecto hotelero en Éxito o antiguo almacén Vivero en el barrio de San Diego… (15/08/2’026)
Recuerdo cuando era niño en los años noventa que ahí quedaba el almacén Vivero. Vivía detrás del almacén, por la calle de la Carbonera de San Diego con mi familia paterna, prácticamente enfrente de la entrada y salida de los empleados del almacén. Me gustaba vivir ahí pero no tanto como en La Loma del Diamante, y si me hubieran dejado ser más libre como lo era y siempre lo he sido en La Loma del Diamante, vivir en ese momento en San Diego me hubiera gustado más, de hecho, desde Loma del Diamante se puede observar plenamente este lugar. Iba con mi abuelo paterno a hacer mercado, y me enseñaba porque a veces me mandaba solo a comprar pequeñas cosas, y me mandaba a comprar con las monedas de 20 y 10 pesos. Aunque a él le gustaba comprar más en la Olímpica porque era más barato. A mi padre lo que más le gustaba comprar en el Vivero era la ropa, siempre han vendido ropa de calidad y, a veces iba con él, aunque también le gustaba la del antiguo almacén LEY. También iba con mis tías o con mi madre putativa que también me enseñó a comprar y a tomarme las lecheritas condensadas dentro del almacén sin pagarlas, argumentando de que ese almacén tenía mucho dinero, fue la que influyó bastante en mí para volverme revolucionario, por eso a veces parezco hijo de ella.
Vivía entre San Diego y La Loma del Diamante, y también entre Marbella, aunque me quisieron obligar a vivir en Ternera y, la verdad nunca me gustó por allá, estaba muy lejos y pasaba encerrado aunque con un patio bastante grande que tenía palo de totumo, de ciruela, de mamón, y las ramas de tamarindo del patio vecino daban con el de mi abuela paterna. Mi padre para relacionarme con Getsemaní donde él se crió también, me metió en el Colegio de “La Milagrosa”, y entonces el sector turístico y amurallado se convirtió en mi área de influencia, aunque una prima materna se casó en La Iglesia de La Trinidad en 1’994 y yo llevaba los anillos, y cuando era niño mi madre siendo una pelada todavía me llevaba a las fiestas que ella iba en Getsemaní. De alguna manera quizá fue una razón para tener plena consciencia de la existencia y de la vida desde casi siempre y de maravillarme de estar aquí.
Cuando duraba mucho tiempo con mi padre, me empezaba a dar mamitis, y abuelitis materna, y hermanitis materna, y lomitis… Y entonces yo me iba y no había nada en el mundo que pudiera reemplazar a La Loma del Diamante, donde pasaba en la calle día y noche, llegaba a mi casa era a comer, cagar y dormir, porque pasaba jugando con mis amigos y amigas del barrio —que son también como mi familia—, al bate de tapita, a béisbol, a la bolita de caucho, a la peregrina, al yoyó, a la bolita de uña, al trompo, a la coca, de acuerdo al tiempo o temporada de cada cosa, y al escondido, al pilla’o, al quema’o, al mecánico, y nos tirábamos desde la Loma en una patineta con ruedas de balineras que unos amigos muy inteligentes hacían con una tabla de madera, que de hecho a ellos les aprendí a arreglar bicicletas; también jugábamos al amigo secreto, amores platónicos y una novia que no sabía que yo era su novio aunque todo el barrio ya lo sabía y ella fue la última en enterarse y me formó una murga cuando llegó a saberlo, es que ya todos habían escogido a su novia y ella era la única que quedaba, no había otra, y a mí me figuró así, no lo hice por amor, sino porque no había más, pero bueno, también jugábamos a la cabuya que era una de mis favoritas, entre muchos otros juegos, por eso hay una frase que recuerdo de que los niños aprenden jugando. También íbamos a playa o nos poníamos a caminar algunas de las calles de las faldas de La Popa para ver como sonaba un picó famoso que a veces tocaba por alguna de ellas y de noche.
Después teniendo tanto tiempo en La Loma del Diamante mi padre quería que estuviera un rato también con ellos, quizá le preocupaba que la libertad ilimitada que mi madre me daba se saliera de las manos y no era para tanto porque en algún momento de mi vida así fue. También en especial porque mi primo paterno no tenía con quien jugar y pasaba encerrado. Entonces yo iba y me pasaba otro tiempo en San Diego, y no sé si fui yo quien le dio la idea a mi primo hermano de robarnos algunas chucherías del Vivero, y llegó el momento en que ya teníamos tantas chucherías guardadas en unos cajones de un tocador, mi primo llegó a tener más que yo, se volvió experto en el asunto, y mi padre se dio cuenta y nos preguntó que de dónde sacábamos plata para comprar tantas cosas, y yo le dije que de la merienda, pero él no se comió el cuento y nos dijo que cuidado nos cogían robando en el Vivero. Quizá alguien nos vio y le dijo, o fue mera intuición y deducción lógica. Pero, nosotros teníamos una ventaja y era que qué sospechas iban a generar los nietos del señor Támara, unos niños de casa y bien educados, ya todos los empleados del almacén nos conocían. No obstante, nosotros no éramos los únicos niños de San Diego que iban a robar chucherías al Vivero, en realidad no necesitábamos hacerlo, simplemente queríamos tener adrenalina, suspenso, ¿quizás maldad contra estos mega ricos? Otros niños del sector hacían los mismo, me imagino que cuando hacían el inventario las cuentas no les daban. Alguna vez cogieron a uno que intentó sacar unos patines, ya eso era avaricia y codicia, eso sí, el pela’o lloró más que el carajos y llamaron a los padres. Algunos utilizaban buzos y sacaban paquetes de cigarrillos que llevaban ocultos en los brazos.
En realidad nunca sentí remordimiento de consciencia, y menos cuando robábamos también en las olímpicas de los Char a las que le dimos por la cabeza, porque ladrón que le roba a ladrones y explotadores tiene mil años de perdones. Mi tío materno Prisciliano León-López cuando recibía el sueldo de la ELECTRIFICADORA de Bolívar (muy bueno) hacía mercado también y me llevaba con mis primas, llenaba el carrito, nos daba helados, buen cliente de las olímpicas, y no era tacaño como lo son los Támara, más duros que un sancocho de tuercas, o que una tuerca de submarino. Aunque mi abuelo paterno alguna vez nos dio una sorpresa a mi primo y a mí, y nos compró a cada uno una bicicleta en el otro Vivero de la Matuna, que fue Magali París y que hoy mismo también cerraron, al parecer por el mismo proyecto, porque hasta hoy son almacenes Éxito. Pero bueno, no le robábamos al pobre, sino al rico, por eso nunca sentimos culpa mi primo hermano y yo. Aunque uno lo dejó de hacer por miedo a que nos cogiera el vigilante y por respeto y temor a nuestros mayores. A mí por ejemplo me hacía recordar las aventuras de Robin Hood. Cuando pusieron la Olímpica del Paseo de Bolívar en Torices, también me cogí algunos objetos, y alguna vez entré con unos amigos de La Loma del Diamante a los que les propuse esa maquiavélica idea, se pusieron nerviosos, a uno lo cogió el vigilante, y otros salieron, pero yo fui el primero que salió porque tenía más experiencia, y con una gelatina sin sabor que no es lo mismo, la que utilizamos para hacernos un gel para el cabello combinado con Guásimo. Después una de mis tantas tías me empezó a dar estudios bíblicos y a enseñarme los diez mandamientos, y gracias a Dios (YHWH) porque esas malas mañas si no se quitan de niño, se crecen con ellas y de grande se convierte uno en un problema para la sociedad, y en un país como Colombia termina uno siendo un nuevo burgués del traquetismo del narcotráfico lavador de activos con aspiraciones presidenciales como un famoso tinterillo que anda por ahí, porque eso es lo que nos enseñan los canales estos de desinformación masiva con su contenido no educativo, sino que propagandístico de adoctrinamiento ultraderechista, y no les voy a negar que cuando niño yo quería ser narcotraficante también, porque eso es lo que nos venden como algo normal, por eso es que yo comprendo muchos comportamientos humanos, porque el ejemplo para tales comprensiones es uno mismo. Lo que pasa es que uno como diamante en bruto se va puliendo. De no ser así termina uno perteneciendo a partidos como Cambio Radical, “Centro Democrático”, o Conservador, o como el desprestigiado ya partido Liberal, o de la U, o como “Salvación Nacional” que lejos está de las ideas de su principal y difunto fundador Álvaro Gómez-Hurtado, entre otros partidos que son oficinas delincuenciales de corbata, que son quienes apoyan estos proyectos sin tener en cuenta a las comunidades que aquí habitan y borran anécdotas como las mías que valen más que cualquier edificación de hotel más que cinco estrellas o centros comerciales como la Serrezuela, por ejemplo. O por el lado de Getsemaní al proyecto hotelero San Francisco.
Cuando un territorio pierde su gente, se vuelve frío, y al final el extranjero quiere ver algo diferente del mundo artificial que precisamente ya observan en sus países. Es que de eso ya quieren escapar, como para venir aquí a encontrarse con algo igual o parecido. Anécdotas del barrio como cuando de niño enamorado de una muchacha tan bonita le escribí una carta anónima porque me daba terror que se enterara que yo era el galán, eso con la complicidad de mi primo, metí la carta por debajo de la puerta de la casa de ella. Cosas así, asuntos así es lo que quiere la mayor parte del visitante, su gente, su historia barrial. ¿Qué le van a ofrecer? ¿Lo mismo que pueden encontrar en cualquier parte del mundo? Día, sol, playa, mar, precios exorbitantes en un mundo plástico, y les digo, que muchos prefieren comprar en el mercado de Bazurto que en la Serrezuela, porque es que eso ya lo tienen en sus países. Sin embargo, si no hay más nada que ofrecer, ellos no tendrán otra alternativa, pero difícilmente volverán. Aunque ya San Diego ha sido gentrificado, no del todo aún, porque yo tampoco me he ido, y tampoco pienso hacerlo, y sigo aquí, también sé jugar este juego, por eso su proyecto tampoco me incomoda, al contrario, me cae de pedrada, y quizá algún día o alguna noche duermo en él con alguna de sus huéspedes, porque llegará a ser lo más maravilloso de su visita a Cartagena (Bolívar). Peloteros del Caribe activos. ¡La resistencia continúa!
Atentamente, José Antonio Támara-León.
El Escribidor de La Loma del Diamante.
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